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Y aunque el pueblo de Dios con frecuencia se olvidó de su Dios, Dios no se olvidó de su pueblo. Dios mantuvo su palabra. La tierra llegó a ser de ellos. Dios no se rindió. Él nunca se rinde.

-Cuando a José lo echaron en una cisterna sus propios hermanos, Dios no se rindió.
-Cuando Moisés dijo: “Heme aquí; enví a Aaron”, Dios no se rindió.
-Cuando los Israelitas ya liberados añoraron la esclavitud en Egipto en vez de la leche y la miel, Dios no se rindió.
-Cuando Aaron estaba haciendo un dios falso precisamente en el momento en que Moisés estaba con el Dios verdadero, Dios no se rindió.
-Cuando solo dos de los diez exploradores opinaron que el Creador sería suficientemente poderoso como para entregar lo creado, Dios no se rindió.
-Cuando Sansón le susurraba a Dalila, Cuando Saúl perseguía con saña a David, cuando David tramó su plan contra Urías, Dios no se rindió.
-Cuando la palabra de Dios había sido olvidada y los ídolos del hombre relumbraban, Dios no se rindió.
-Cuando los hijos de Israel fueron llevados a la cautividad, Dios no se rindió.

Habría podido rendirse. Habría popido volver la espalda. Habría podido alejarse de aquel tremendo lío, pero no lo hizo. No se rindió.

-Cuando se hizo carne y fue víctima de un intento de asesinato antes de cunplir dos años de edad, no se rindió.
-Cuando la gente de su propia ladea trató de tirarlo abajo por un barranco, nose rindió.
-Cuando sus hermanos se rieron de él, no se rindió.
-Cuando unos hombres que no temían a Dios lo acusaron de blasfemar contra Dios, no se rindió.
-Cuando Pedro lo adoró en la cena después lo maldijo junto a la hoguera, no se rindió.
-Cuando lo escupieron en el rostro, él no escupió. Cuando los que estaban junto a él lo abofetearon, él no los abofeteó. Cuando un látigo le desgarró los costados, él no se volvió para ordenar a los ángelesque aguardaban allí que sofocaran al soldado con ese mismo látigo.

Y cuando unas manos humanas aseguraron las manos divinas a una cruz sirviéndose de grandes clavos, no fueron los soldados quienes sostuvieron en su sitio las manos de Jesucristo.
Fue Dios quien las sostuvo. Porque esas manos heridas eran las mismas manos invisibles que dos mil años atras habían cargado el horno y la antorcha. Eran las mismas manos que habían hecho brillar la luz en medio de la oscuridad espesa y horripilante que envolvía a Abraham. Habían venido a hacerlo de nuevo.

De modo que, la próxima vez que aparezca ese vecino detestable de la duda, acompañelo a la salida. Hasta la loma. Hasta el Calvario. Hasta la cruz donde, con esa sangre santa, la mano que llevaba la llama escribió la promesa: “Dios estaría dispuesto a renunciar a su Hijo único antes que renunciar a ti” Él nunca se rinde.

Dios te bendiga!!!

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